Opinión | Apología de unos periodistas extraordinarios, por Elías Pino Iturrieta

Por Elías Pino Iturrieta en La Gran Aldea

Las posibilidades de salir de los meandros de una sociedad secuestrada dependen de un grupo selecto de sus representantes, capaces de diferenciarse de la pasividad y la mediocridad generalizadas, de los miedos y los balbuceos  que paralizan a las mayorías. Cuando se comprueba que el “bravo pueblo” solo existe en las estrofas del Himno Nacional, o que apenas hace presencia en ocasiones estelares, queda el remedio de sentir que ha depositado su coraje en un grupo de sus criaturas a quienes se debe el servicio de dar la cara por los que no la quieren o no la pueden dar, o ni siquiera asomar. Son casi lo único que queda de conexión con las virtudes antiguas del republicanismo, dispuestas a permanecer como testimonio de proezas que una vez sucedieron y que, tal vez, esperen mejores tiempos para salir de una deplorable modorra.

Las dictaduras son expertas en la domesticación de los gobernados, hasta convertirlos en vasallos encerrados en sus asuntos criticando a sus semejantes sin considerar su desapego de las materias del bien común, o ensayando excusas para proteger su hibernación. En Venezuela sobran esos casos de ostracismo voluntario de las mayorías, de desgano frente a situaciones que incumben a todos pero que no se atienden por la influencia del miedo, o porque de pronto nadie sabe cómo hacerlo. O porque, si todavía se recuerdan los ejemplos de ciertos antepasados dignos de evocación, se esperan actitudes ajenas para no meter la carne en el asador antes de tiempo. Basta un vuelo de pájaro por la década de la dictadura perezjimenista para encontrar ejemplos elocuentes y dolorosos de cómo todo un pueblo le saca el cuerpo a la jeringa de la libertad y la democracia porque ha desatado los nudos de un compromiso nacional que parecía prometedor en la víspera, pero que se volvió intangible y escurridizo hasta el extremo de quedar reducido a un remoto rincón inaccesible. La repetida historia de un pueblo levantado contra la dictadura militar es solo un mito para lavarnos la cara, una oferta de lavandería que limpia pecados compartidos y ofrece adornos para los harapos de una sociedad obligada a continuar su historia con algún tipo de aliciente.

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