La Gran Aldea | Francisco Suniaga: El hijo del sastre que con letras cose sueños

Por Soledad Morillo Belloso

“Yo escribo para levantar un monumento a mi dolor y convertirlo en un reclamo persuasivo…”, dijo el novelista argentino Adolfo Bioy Casares, cuando alguien le acusó de ser el redactor de la tristeza. Eso hacemos algunos escritores, cada día, casi con rigor litúrgico. Escribimos sin contemplaciones ni miramientos, sin precauciones, sin piedad para con nosotros mismos. Escribimos porque es nuestra puerta de embarque y destino. Al escribir mostramos las huellas digitales de nuestras almas, aun a riesgo de quedar tan a la luz pública, que nos convirtamos en un objetivo de esta guerra que existe, aun cuando a las calles las maquillen de colorines para pretender ocultar macabros pecados.

Escribimos para que nos publiquen, o aunque no. Puede que logren que no seamos publicados pero, para impedirnos escribir, tendrían que fracturarnos los dedos, triturarnos las neuronas, despedazarnos las emociones, amordazarnos los sentimientos. Escribimos para que nos lean, los que quieran, los que puedan, los que se atrevan. Los escritores tenemos un oficio: Narrar, decir, echar un cuento que nos ronda en la cabeza. Un cuento nuestro o de otros. Armamos, desarmamos y rearmamos rompecabezas de palabras a veces rotas. Escribimos pese a la angustia y la incertidumbre, al dolor y la ansiedad, a la rabia y la desesperación. Escribimos para ser libres aunque quieran esclavizarnos. Escribimos para no enloquecer. No nos maquillamos las heridas; las describimos, pormenorizadamente. Nos confesamos en cada línea, cada oración, cada párrafo.Lo tuteo. Me cuesta llamarlo Francisco. No me sale. Y, mucha menos, alguna apócope. Hay musicalidad en ese apellido: Suniaga. Es escritor. Y muchas cosas más, abogado, profesor, confesor de desconocidos, vigía de mareas y vientos,  coleccionista de sueños pendientes. Por ponerle un título, digo que es un caminante en ese país sin fronteras de las letras, pero que conserva el tesoro de ser margariteño. Los escritores inventamos la globalización mucho antes que tal idea cruzara por las mentes de los mercaderes. Suniaga bebe del oficio de escribir como si fuera ambrosía. No creo que exista quien que diga que no lo hace bien. A tan desaliñado desatino no se atreverían ni los más osados envidiosos.

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