Opinión | Úrsula, por Rodolfo Izaguirre

Magdalena, mi vecina y amiga de juegos por los corrales de nuestras casas, murió cuando tenía 8 años. Mi misma edad. Y quedé arrasado de dolor pánico porque no sabía que también morían los niños, creía que era asunto solo de los adultos que recibían la visita de una mujer que los invitaba a viajar no sé a dónde. Pero la repentina e inesperada ausencia de Magdalena hizo que ella no volviera nunca más a tropezar en sus carreras por los patios y corrales. Hacíamos juntos las mismas tareas escolares, llenábamos de azul los mares y océanos en los cuadernos y dibujábamos la misma casita con inventadas chimeneas echando humo. Quedó de ella una muñeca de trapo tendida en la camita de su cuarto y cada vez que me ha tocado viajar hacia el oriente venezolano me detengo en la carretera y compro una muñeca de trapo hecha por manos campesinas y armo una compañía en la que Magdalena es una de ellas.

Me apena decirlo, pero con el tiempo ella se desvaneció, se hizo aire, una memoria que pareciera sobrevolar a veces, fugazmente y cuando menos se espera, en el fondo de mis estremecimientos. Se perdió en algún oscuro y estrecho pasadizo del tiempo y ocultó para siempre su pelo castaño y su frágil y pequeña corporeidad. Eso creía, pero hace poco la vi confundida con la numerosa y concentrada audiencia invitada por Katryna Henríquez, la generosa directora de la librería El Buscón, que colmó el Trasnocho Cultural para asistir a la presentación de La Historia no contada de Inés Muñoz Aguirre. Pero era y al mismo tiempo no era Magdalena. Era otra niña de la misma edad y al observarla me percaté de que no me veía, pero tampoco veía a nadie.

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