Prodavinci | Aquella noche en el Gran Café, por Milagros Socorro

Gran Café de Sabana Grande, circa 1960 ©️Archivo Fotografía Urbana

Querida madrina María Herminia:

Espero que al recibo de esta te encuentres bien de salud y de ánimo. Yo estoy feliz. Ya sé que no es de gentes educadas presumir de la fortuna, pero como sé cuánto detestas la mentira (y la imprecisión, que es una variante oportunista de aquella), no puedo sino confesarte que vivo en una nube.

La foto que te envío y que ya debe haber caído en tu regazo con impulso saltarín, fue hecha hace dos semanas. Yo estoy allí, solo que el mesonero que aguarda con estampa marcial y pulcra me tapa. Pero ahí estoy, aspirando con ojos entrecerrados la fresca brisa de Caracas, que llega a esa esquina enfriada por las cumbres del Ávila y perfumada por las nucas de las elegantes damas sentadas a pocos metros o paseantes con secreteo de faldas y barbillas casi pegadas a la garganta. (Por esta esquina no trascurre sino la promesa de inminentes transportes, los gestos morosos y el tintineo de aretes y cubiertos).

¿Tengo que decirte que he estado en Gran Café? Ya habrás visto el aviso que con líneas de luz traza la paradoja: si bien la tipografía que pone “Gran Café” es de vanguardia, el arabesco que le sirve de copete avoca los encajes de madera que filtran la resolana en las casas tradicionales de Maracaibo. ¿O será más bien el minúsculo recuerdo de la herrería que recorre los balcones de París como una estola arrastrada por la tormenta?

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