Opinión | La posibilidad de la línea, por Fedosy Santaella

Caricatura de Fedosy Santaella

Cuando niño, mi papá me traía del trabajo resmas de papel bond, quinientas hojas en blanco para que dibujara. Estas existían en su tiempo propio pero creaban una inconformidad en mí con respecto a su función. Me explico: esas resmas de oficina estaban destinadas originalmente a llenarse de números, de cuentas, a ser cartas comerciales, pero yo veía en ellas otra posibilidad, que era la de crear líneas, de soltarlas, de ponerlas a moverse en el dibujo.

Allí empezó todo, y así ha seguido siendo. En el dibujo y en la escritura.

Les cuento algo más: hace poco tuve un trabajo terrible. Era lo que llaman un trabajo tóxico donde prevalecía el maltrato y la humillación. En esos días, sobre todo hacia el final, dibujé bastante. Trabajaba, claro, no se crean, pero entre una cosa y otra, dibujaba. Creo que me salvé de un infarto o de los típicos ataques de pánico que producen los trabajos tóxicos, gracias al dibujo. Y gracias a la escritura ‒que parte también de un espacio blanco‒, porque a ratos, en las noches y los fines de semana, con urgencia casi de vida o muerte, estuve escribiendo una novela. En esa novela, hablo en ciertas partes de la felicidad. Había personajes que querían estar en otras partes, vivir otras vidas. Esa es una definición de la felicidad que me gusta desde el sentido negativo: la felicidad es no querer estar en otra parte y no querer ser alguien más. No es casual que estuviese hablando de tales cosas teniendo ese trabajo espantoso.

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