Prodavinci | Bitácora, la de Ricardo Jiménez, por Milagros Socorro

Viernes 30, 9am. Caicara del Orinoco. «Es la misma orilla». De la serie “Bitácora”, de Ricardo Jiménez (1997). ©Archivo Fotografía Urbana

El hombre ha metido alguna ropa en el morral, empujándola con el puño como si la vieja camisa tuviera alguna deuda pendiente con él. Ha llenado un termo de café y abierto la puerta de la nevera para revisar en el interior con mirada rauda. Nada hay allí que pueda llevarse para el camino. Casi no ha comido la víspera. La decisión de emprender ese viaje le sobrevino como un golpe de fiebre. Ya están listos el equipaje para tres días y el equipo de trabajo, falta el avío para el camino… No quisiera detenerse más de lo imprescindible. Necesita moverse. Necesita salir de su casa y no haber llegado a ninguna parte. Le urge estar de viaje, ser el viaje, mantenerse suspendido en el movimiento hasta sentir que no hay principio ni final. La esposa lo encuentra iluminado por la luz de la nevera. Le extiende una bolsa de papel crujiente y lo mira con esa mirada alimenticia de ella, esa mirada silenciosa que lo ha mantenido cuerdo y bien nutrido. El hombre recibe el paquete donde cruje un pan de canilla relleno de jamón y queso, besa a su esposa en la sien, le da las gracias y se encamina a la camioneta. Lanza el morral y la bolsa en el asiento, coloca la cámara junto a él y aferra el volante. Pronto será de noche.

No es, desde luego, la primera vez que emprende un recorrido así, de sopetón, sin planes ni preparativos. De hecho, ya ha mostrado sus fotografías hechas desde el carro. Pero esta vez es diferente. En esta ocasión no se trata solo de captar la vida tal como pasa delante de los ojos de un hombre. Esta vez… no sabe muy bien… hay algo más. Necesita entender la naturaleza de lo efímero. Al partir ha dicho la mitad de la verdad. Sí, viajará de Caracas a Guayana para hacer una serie de fotografías con las que participará en una bienal. Pero hay algo más. Algo que no puede explicar ni a sí mismo.

Todo empezó cuando estaba leyendo a Heráclito. «Sobre aquellos que se meten en el mismo río pasan aguas siempre distintas y las almas se alzan exhaladas de lo húmedo». Leía acostado y se incorporó como picado por un mosquito rencoroso. Ahí estaba lo que él quería fotografiar. Heráclito de Éfeso le enviaba una carta desde el siglo V antes de Cristo. ¿Soy el mismo en el instante en que algo llama mi atención y cuando aprieto el obturador? ¿Soy el mismo, aun cuando entre los dos hechos no haya transcurrido más que una fracción de segundo? 

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