
El jueves fui invitada con otros periodistas a visitar el casco colonial de Petare. Una caminata deliciosa, con historias muy bien contadas, un guía maravilloso y un grupo muy divertido, con la excelente disposición de pasarla bien. Casi todo fluyó perfecto, incluyendo el aguacero final que se desató cuando ya estábamos en el autobús que nos traería de regreso al lugar de reunión. Y digo “casi”, ya les contaré por qué.
Visitamos la plaza Sucre, es una de las poquisimas localidades en Venezuela donde la plaza principal no es la plaza Bolívar; la iglesia del Dulce Nombre de Jesús (que es el nombre completo de Petare), donde pudimos admirar dos cuadros del gran Tito Salas y los bellos altares, tanto el mayor como los de las naves laterales. Caminamos por las calles empedradas, subimos por el llamado “Callejón Z”; admiramos las casas construidas una al lado de la otra, algunas puertas artesonadas y las ventanas de madera y hierro forjado.
Vimos una mata de bledo (o pira, o amaranto) y nos enteramos de que el nombre “Caracas” era el que los indígenas le daban a esa planta, que crecía por todas partes. Entramos a la casona de la Fundación Bigott, una auténtica joya de la arquitectura estilo colonial y apreciamos su acervo de conservación y difusión de la cultura popular.
Lee más en El Nacional