La estrella de Jesús Cova nació en el Luna Park, por Víctor Suárez

Víctor Suárez

-Váyase para el Luna Park y me trae lo mejor del Morocho Hernández contra Nicolino Locche.

Eso fue el 3 de mayo.

-Váyase para Curazao y me trae lo mejor de Amador Nita.

Eso fue el 30 de mayo.

Luis Esteban Rey, el mejor director de periódicos fracasados, entendía que a Jesús Cova le aguardaba una carrera fenomenal. Apenas graduado en la escuela de Periodismo de la UCV, en 1969 ya estaba montado en las fogosas tablas de la profesión. Locche venció al Morocho, Nita conmocionó al reino de los Países Bajos con su arrojada y sangrienta rebelión popular. Y Jesús, en esas dos salidas al ruedo internacional, se ganó el premio nacional de periodismo deportivo, y, con el fotógrafo Héctor Rondón (premio Pulitzer 1962), demostró que también podía surfear en condiciones de alto riesgo personal.

Venía de Güiria, nadó en el Delta, llegó a Caripito, en el estado Monagas, había nacido el 27-2-1939, el mismo día en que el santoral recuerda a San Basilio, igual que el monje capuchino español que conoció en Tucupita y le enseñó el camino.

En 1963 se inscribió en la escuela de Periodismo de la UCV y allí vivió todo lo que los periódicos decían que se hacía en la universidad. Cuando Raúl Leoni ordenó el allanamiento el 16 de diciembre de 1966, despertó al rugido de los tanques y logró escapar de la residencia estudiantil llamada Stalingrado junto al posteriormente comandante guerrillero Américo Silva y su hermano Ítalo. En el aula, a su lado se sentaba como estudiante el entonces decano de la facultad de Humanidades Joaquín Gabaldón Márquez y cuando obtuvo el laurel de grado aplaudió hasta el sonrojo porque su promoción honraba a Raúl Agudo Freites, quien como jefe de información de entonces contaba en su cátedra lo que hicieron los reporteros de El Nacional para cubrir, paso a paso, la caída de Pérez Jiménez.

Cuando llegó al diario La República en 1969, conoció a su primer gran maestro, Rafael Villasana. Y al arribar a El Nacional, en 1972, conoció a su segundo e imperecedero, Heberto Castro Pimentel.

No había explicación para una habilidad notable. Jesús Cova podía repetir, contar, analizar y exponer, sin equivocación, cada uno de los mil doscientos cincuenta y cuatro movimientos que los músculos y los puños de un par de boxeadores podían exhibir en el ring en el transcurso de un round. En la redacción de Deportes la algarabía podía ser insufrible, anodadante, y sin embargo Chuo se concentraba de tal manera que su crónica del combate de la noche en el Nuevo Circo de Caracas salía de un solo tirón. Si no había posibilidad de escribir y transmitir la reseña a tiempo, por diferencia de husos horarios en un combate realizado en las antípodas del país, Jesús construía mentalmente su crónica y por teléfono la dictaba al redactor de guardia en Puerto Escondido, como le pasó en Japón.

La época de oro del boxeo profesional de Venezuela la reseñó Cova de manera tan impecable que las reverencias del día siguiente no se hacían esperar.

En un terreno en el que las altisonancias de aficionados y comentaristas no eran de ningún modo comedidas, Jesús mantenía un lenguaje pudoroso y reposado. Creo que rompió su regla el 19 de agosto de 1972, hace 50 años. En la Maestranza de Maracay se enfrentaban el campeón mundial pluma, el cumanés Antonio Gómez, y el panameño Ñato Marcel. Antonio perdió por decisión. Trabajábamos en el semanario «Cancha». Esperaba por Jesús con la portada, las centrales y otras seis páginas para cerrar la edición. Mi diseño ya lo tenía resuelto, las fotos de El Pollo Sosa estaban en mi mesa de diagramación, el resultado ya se conocía. ¿Qué pensaba Cova de ese combate en el que el jurado estuvo dividido? Llegó el momento de la titulación. El dueño de la revista, José Materán Tulene, el redactor Carlos Ortega, Jesús y yo hicimos concilio, y al día siguiente en todos los kioskos apareció:

«La corona, los reales, el orgullo:

TODO SE FUE AL CARAJO»

No hubo apelación. El gobernador del Distrito Federal, Guillermo Álvarez Bajares, ordenó inmediatamente el comiso de la publicación, así como había prohibido sin pestañear la exhibición del film «El Último Tango en París». Un par de plumazos gazmoños que le avergonzarían por el resto de su vida.

Jesús había desmenuzado al detal los pormenores de esos quince rounds, lo que dijo el árbitro, lo que reflejaban las tarjetas de los jueces, las palabras off the record de managers y promotores, la opinión del ring side. Esa pieza de periodismo vibrante, resonante, se fue al retrete, y no se sabe dónde está.

El beisbol menor, el amateur, el profesional y la hípica también fueron de su afición.

La edición de los lunes de El Nacional («Pantalla») había revertido el gusto del lector. Ese día el periódico circulaba mucho más que el resto de la semana. La sección de Deportes era la más costosa para los anunciantes. Las estrellas de El Nacional cernían allí su mejor esmero. Las crónicas y entrevistas de Jesús Cova sobresalían en el área hípica. Jinetes, preparadores, propietarios, peones, palafreneros, jueces de línea, todos los protagonistas del «Óvalo de Coche» estaban presentes, incluidos los moscardones. 

Diez y ocho años en El Nacional, dos años en El Universal, dos años en el Diario de Caracas, un año en el diario El Globo (con Carlitos González), cuatro años en el otro diario El Globo (con Heberto Castro Pimentel), once años en la Cadena Capriles (El Mundo y Últimas Noticias), diez meses en el diario Abril (Bloque De Armas), tres años como profesor en la UCV, un año en el Instituto Nacional de Hipódromos, Comisionado Nacional de Boxeo, veinte años como oficial de la Asociación Mundial de Boxeo. Hasta junio pasado publicó su columna “Gancho de izquierda” en el diario Lider.

Y en el camino señalado por el Padre Basilio, 21 premios y condecoraciones.

Cuando se publique su recopilación de crónicas sobre los boxeadores y combates más memorables de la historia, vamos a degustar nuevamente una certeza: por qué en el área del Caribe y en el corro de los especialistas en boxeo de todo el mundo, se le considera uno de los más brillantes, sólidos y elegantes.

Su pieza «Una lágrima por Alí«, publicada en el diario El Nacional el 24 de diciembre de 1984, es sencillamente ejemplar, para envidia del novelista Norman Mailer, autor de “The Fight”, sobre la pelea de Muhammad Alí contra George Foreman en Zaire, 1974. “Esa crónica me valió el más grande elogio en mi carrera, por venir de quien vino”, me dijo Cova una tarde de resúmenes. ¿Quién? “Un señor periodista, un señor escritor y un señor ser humano llamado Miguel Otero Silva”.

En aquella cobertura en el Luna Park de Buenos Aires el 3 de mayo de 1969, Covita vio a Nicolino caer en el tercer round, aunque el mendocino a la postre retuvo la corona welter ligero. «Ningún otro me ha dado tan duro», dijo del Morocho Hernández. Lo mismo pensó de sí la crónica deportiva nacional del prospecto recién graduado.

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