Opinión | Retrato de Elisa, Antonio López Ortega

Elisa Lerner retratada por Vasco Szinetar

Es una dama de baja estatura, pero en tan concentrado cuerpo se esconden tantos talentos, tanta capacidad de observación, tanta memoria dolorosa, que cualquier interlocutor se sorprendería. Eso sí: hay que llegarle con cuidados, con inteligencia, incluso con cortesía, porque es una mujer exigente. Exigente no por capricho, no por impostura, sino por herencia, por linaje, por entender que la vida puede ser un cruce eterno de desiertos donde la cosecha es poca a pesar de los esfuerzos. Ese rigor siempre me ha maravillado, porque corresponde a valores que hemos olvidado, sumidos como estamos en la superficialidad y la intrascendencia. Hay una densidad en Elisa que es congénita y que ella espera reconocer en el interlocutor para que la conversación o la amistad fluyan como es debido: el arroyo al que dos seres ofrecen cauce debe alimentarse con verdades y apetito por el conocimiento.

Esta discreta dama de Los Palos Grandes tiene sus rutinas: a veces camina hasta la farmacia, hasta una pastelería, incluso se aventura en la peluquería. Tiene sus encuentros, sus amistades; conoce su vecindario; hay gente que la atiende y la saluda. Algunos sabrán a qué figura tratan; otros quizás no tanto. Por esas calles camina una de las grandes escritoras venezolanas: una avanzada cronista cuando ni siquiera explotábamos el género; una temeraria dramaturga cuando eran pocas las que se sumaban a la escritura teatral; una proverbial narradora, de prosa acabada, poética; de aliento centroeuropeo, como los grandes clásicos de la entreguerra. Se trata de Elisa Lerner, sin más, cofundadora de Sardio y, por lo tanto, demócrata cabal, en el entendido de que es la única condición vital sin guerras, oprobios o mandarines. Quien sabe por linaje de encierros, éxodos y muertes, aprecia la libertad como una piedra preciosa.

Elisa nunca desanda su marcha: sólo espera a su alrededor armonía, el vino tinto de la amistad y quizás una hermosa prosa (como la suya) que la pueda distraer en una tarde cualquiera. Camina de la mano de Montejo o Garmendia, sus grandes amigos; recuerda un encuentro con Ruiz Pineda, acribillado luego por la dictadura; habla sola con Ruth, su hermana ejemplar, que ensancha su oreja como una nube. Ve a los demás y los traspasa con la mirada, como cuando escribe, edificando una prosa única. Que las tardes de Los Palos Grandes la envuelvan, que nosotros volvamos a sus libros, que el país la recono

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