Opinión | Somos hijos de Amalivaca, Rodolfo Izaguirre

El mito de Amalivaca (1955) de César Rengifo

Cuando muchacho, viajé directamente a París encerrado en mi tosco guacal tercermundista a estudiar leyes en una Sorbona polvorienta y todavía medieval. Dejaba atrás, voluntariamente, al país que me vio nacer y algunos de mis compañeros de l’École du Droit, al saber que era venezolano, me preguntaban por un río que yo no conocía y me vi obligado a inventarlo. Pero al llegar a mi cuarto de estudiante me daba cabezazos contra la pared acusándome de tramposo conmigo mismo.

Creo que no somos muchos los venezolanos que conocemos o hemos oído hablar de Amalivaca. Yo me enteré gracias a Horacio Biord Castillo, escritor, investigador, docente y vinculado a la Academia Venezolana de la Lengua y gracias también al Diccionario de Historia de Venezuela editado por la Fundación Polar en 1989. Allí revela Biord que Amalivaca es el héroe tutelar de los tamanacos orinoquenses; que «dentro de la cosmología tamanaca era visto como un hombre supuestamente blanco, como eran todos los tamanacos al principio de los tiempos. Él y su hermano Uochi crearon el mundo, la naturaleza y los hombres y al detenerse a hacer el Orinoco, dice Horacio Biord Castillo, «discutieron largamente, pues querían lograrlo de tal manera que se pudiera remar a favor de la corriente tanto aguas arriba como aguas abajo, a fin de que los remeros no se cansaran en el recorrido; un río que al mismo tiempo que va, viene, pero ante la gran dificultad que ello planteaba desistieron y diseñaron el Orinoco, tal como es y seguirá siendo. Gracias a Horacio Biord y a la Polar puedo festejar la existencia de dioses torpes y mal diseñadores y reconocer que en este campo hay, entre otras, una deidad que se llama Álvaro Sotillo.

Cuando me enteré de la existencia de Amalivaca y de ese río que mientras va hacia su destino está regresando supe qué es ser venezolano, entendí el sentido y proyección de mi propia cultura, de la angustiada historia política, petrolera, social y cultural venezolana y comprendí cabalmente la absurdidad del país que me vio nacer y el ser absurdo que soy porque también voy y vengo y sigo creyendo que mi verdadero padre no es el irresponsable caraqueño que me tocó en vida sino el Orinoco que se hace mar en Angostura, precisamente el lugar donde se angosta y deja de ser el caudal portentoso que seguirá siendo hasta que se convierte en un intrincado Delta, que se echa al mar y agita las célebres bocas del dragón y de la serpiente, las aguas dulces y saladas que tanto perturbaron al Almirante Alucinado cuando las vio por primera vez y dijo que era aquí donde estaba el Paraíso Terrenal.

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