Opinión | Noventa y uno, por Rodolfo Izaguirre

Rodolfo  Izaguirre con su esposa Belén y su hijo Boris

Por Rodolfo Izaguirre  en El Nacional

El tiempo venezolano que nos vigila, mima y agrede señala que un día como hoy hace noventa y un años yo llegaba al mundo en la casa de Tula Tosta, la culta nieta del general y acaudalado político y escritor Francisco Tosta García, entre las esquinas de Pescador y Cochera en la parroquia de San Juan. Mis hermanos me contaron no sé si para abochornarme o regocijarse, que la comadrona que asistió al doctor Osío en el parto casero me alzó y dijo con evidente elogio y alegría:»¡Parece un cochino inglés!» Es seguro que los cochinos ingleses deben ser rosados y atractivos porque el tiempo que rige al país más decididamente monárquico pule cada día una corona que prefiere amar a los caballos, a los perros y seguramente a los cerdos más que a los propios ingleses que bautizaron como princesa del pueblo a la desafortunada Lady D. Pero aquella comadrona, antes de mi primer grito o llanto, me estaba llamando puerco, cerdo, cochino sin saber que toda mi vida futura, hasta el día de hoy, iba a vivir en un país sucio, atrasado, atormentado por ávidos caudillos militares  y doctores desconsiderados.

Sirvió de consuelo saber que en la Madre España todos sus súbditos o ciudadanos, como prefieran llamarse, viven en autonomías recelosas unas de otras y con lenguajes propios, pero se comen al cerdo desde las orejas hasta el rabo y las esposas, cuando se enfurecen, le dicen ¡cerdo! al marido.

Mi infancia transcurrió en la larga casa de Tula con habitaciones oscuras y solitarias, un largo corral de árboles frutales que limitaba con la quebrada de Caroata; Tula, postrada, a la espera de la muerte que la arrastró once años más tarde de mi nacimiento y la ocasional e indiferente presencia de mi padre, un aventurero que se le cruzó en el camino, la descuartizó, le clavó siete hijos, y despilfarró la fortuna de ser ella una Tosta y él un ser sin escrúpulos. Pero alcancé el privilegio de escuchar como cuentos las lecturas de Tula, admiradora de los novelistas franceses y españoles. Cuando siendo adolescente me topé con el príncipe de aquella apestosa Dinamarca inventada por Shakespeare me pareció un personaje conocido y sumamente familiar.

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