Prodavinci | Pregón de la Feria del Libro del Oeste de Caracas por Karina Sainz Borgo

POR Karina Sainz Borgo
Fotografía de Manuel Sardá | Comunicaciones UCAB

Leer es un acto de insurrección. Un riesgo. Un contagio. Gracias a su lenta acción de riego se han declarado independencias; defenestrado élites religiosas y políticas. Leer es traicionar a las versiones más precarias de nosotros mismos. Leer, como dice el italiano Alfonso Berardinelli (Roma 1947), el agitador cultural más indómito y polémico de Italia, es un riesgo.

La lectura es una práctica ciudadana y espacio de individuación; una acción proveedora de identidad y autonomía. Leer sin buenismos ni catequesis. Entender la lectura como un acto excepcional, producto de una construcción cultural que genera al mismo tiempo libertad individual y, si se quiere, una colectiva producto de la sumatoria implícita de la primera. Leer solo es posible gracias al silencio que consiguen los hombres y mujeres capaces de defender esa soledad que la hace posible, pero el acompañamiento de esas muchas soledades genera un espacio común de acuerdo.

«Leer, querer leer y saber leer son costumbres cada vez menos garantizadas. Leer libros no es algo natural y necesario como caminar, comer, hablar o usar los cinco sentidos. No es una actividad vital, ni en el plano fisiológico ni en el social. Viene después, implica una atención especialmente consciente y voluntaria hacia uno mismo. Leer literatura, filosofía y ciencia, si no se hace por trabajo, es un lujo, una pasión noble o ligeramente perversa, un vicio que la sociedad no censura. Es tanto un placer como un propósito de mejora”, escribe Alfonso Berardinelli.

Leer nos opone al pensamiento insustancial. Leer como propósito, como camino hacia la virtud. Leer como obligación moral –no moralista-. Leer es la elección individual de ser menos estúpidos, algo que necesariamente no nos hará más felices. De ahí que la lectura suponga un riesgo: a contraer la responsabilidad que genera en nosotros aquello que hace pozo. Una vez convertidos en lectores, ya nunca podremos anhelar a la inocencia –mejor dicho, la exculpación- que concede la ignorancia.

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