El país de los pobres versus el de los enchufados

El país de los pobres versus el de los enchufados

Carolina Jaimes Branger

Un tuit de la cuenta de @pandoragg el pasado 10 de octubre describe a cabalidad la Venezuela de hoy: «Qué país. En Las Mercedes un árbol de navidad 400$, a 2 cuadras un hombre muere en una cola para surtir gasolina después de 10 horas de cola. El país de los pobres vs el de los enchufados». ¡Contundente, desgarrador, lapidario!

Pero la coexistencia de esos dos mundos, antagónicos, por cierto, es lo que de cierta manera ha impedido la salida de esta situación. La corrupción fomentada por el régimen ha permeado a todos los estratos y muchas personas “beneficiadas” no quieren que esto cambie. Les pongo algunos ejemplos:

Un amigo mío compró un carro usado. Por ley, debía llevarlo a revisar en una especie de estacionamiento por la carretera Petare-Guarenas. El cartel decía que la revisión costaba, para el momento, el equivalente a $0,50. Pero el tipo que los revisaba, cobraba $15. Cuando mi amigo le preguntó por la diferencia de precios, el hombre, con el mayor desparpajo, le respondió: “yo lo sé, pero yo cobro $15. Si quiere que lo revise, tiene que desembolsar”. Lo peor fue que había una gran cola de personas esperando desde temprano. Era jueves. Y el hombre contó las ocho primeras personas y despachó a las demás. Ya tenía $120 para irse de fin de semana largo para la playa y así se los hizo saber: “Vuelvan el lunes… de repente atiendo más personas”.

Las bombas de gasolina son otra historia. En muchas no tienen cambio. En una donde puse gasolina, mi cuenta era de $22. Pagué con un billete de $20 y otro de $5. “Te debo los $3, princesa”, me dijo el bombero. “¿Y por qué no mejor le debo yo $2 y se los traigo la próxima vez que ponga gasolina?” le pregunté. “Ahh, princesa, porque yo no sé si tú vas a volver”. ¡Ajajá! Yo tenía que confiar en él, pero él no en mí. Me quedé estacionada al lado del surtidor con el carro apagado: “No me muevo de aquí hasta que no aparezca mi vuelto”. El hombre se quedó de una pieza. “Párese allá, frente a la oficina”. “No, señor, me quedo aquí hasta que aparezca mi vuelto”. Milagrosamente, mi vuelto apareció en menos de un minuto. “Mire, señora, tuvo suerte, aquí le pagaron a un compañero con menudo”. De “princesa” pasé a “señora”. Quizás pensó que si me decía “princesa” le dejaría los tres dólares… Y yo que pensaba darle algo de propina, no $3, por supuesto, me fui sin darle nada.

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