Opinión | Tiempo de dispersión, tiempo de alianzas, por Edgardo Mondolfi Gudat

POR Edgardo Mondolfi Gudat

Se me ha querido invitar a compartir una serie de apreciaciones acerca de lo que significara la actuación de los partidos políticos entre 1948 y 1957 de cara al estado que enfrenta actualmente la comunidad opositora. Aún más, se me ha querido invitar a comprender si, frente a toda reflexión que pudiese generarse ante los desafíos planteados en estos tiempos caracterizados por la dispersión, y enfrentados como nos vemos a una gramática de tipo autoritario, existen lecciones que sacar y tener en cuenta a la hora de echarle un vistazo a lo ocurrido a nivel de las fuerzas políticas que operaron desde la más absoluta ilegalidad, o desde su virtual proscripción, durante el lapso 48-57. Entiendo, en suma, que se me invita a tratar de ofrecer una mirada al caso venezolano a partir de una perspectiva histórica y sobre la base de lo que pudiese revelar nuestra propia trayectoria como sociedad.

A primera vista podría haber elementos que seduzcan debido a la existencia de supuestas similitudes entre ambas coyunturas. La primera, y más evidente de todas, es que nos vemos atestiguando, al igual a como ocurrió durante el periodo 48-57, la dispersión de las fuerzas democráticas a causa de las presiones ejercidas por el régimen. La segunda similitud viene dictada por la misma pregunta que, entre 1948 y 1957, debieron formularse quienes actuaban desde el exilio, la clandestinidad o la oposición simbólica y moral (al estilo del partido Copei): ¿cómo romper la atomización?

La tercera similitud, si cabe hablar de tal modo, la ofrece el panorama mismo: nos hallamos, como pudo verse la oposición durante el lapso 48-57, en absoluto estado de debilidad. Debilidad que, en el caso de esta última, estuvo fuertemente determinada por el tipo de interrelación que se traía a las espaldas, es decir, la que se desarrollara durante el trienio 45-48, signada por el comúnmente llamado “sectarismo” o “canibalismo” (esta última expresión corresponde a Rómulo Betancourt) o, si se quisiera expresarlo en términos menos antropofágicos pero con algo de biológico, caracterizada por la fagocitación a merced de la cual se viera el resto de las organizaciones políticas y haciendo, por tanto, que el papel de los partidos estuviese gobernado por el empeño de hacer que la competencia electoral se redujera simplemente a un juego de suma-cero.

En el caso actual, la debilidad viene dada por la existencia de estrategias que no concuerdan exactamente entre sí o que, inclusive, lucen diametralmente opuestas; pero, como veremos, el elenco del 48-57 también afrontó esa misma clase de problema, amén del que acabo de mencionar: su propensión a poner en práctica la virulencia y el exclusivismo ideológico sin reparar en lo que, de manera casi suicida, equivalía a un aniquilamiento de la dinámica construida a partir del 18 de octubre de 1945 o, si prefiere vérsele así, a la auto-depredación del sistema democrático.

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