Opinión | Con los ojos en caída libre, por Leonardo Padrón

«La poesía es la última religión que nos queda», dijo alguna vez Eugenio Montejo. Nunca unas palabras me habían explicado de una manera tan nítida mi terca relación con la poesía. Cada vez que abro las páginas de un libro de poesía sé que entro a un documento del misterio. Cada poema busca ser oración y liturgia. Y, a veces, ocurren revelaciones. Es el instante de la incandescencia. Un temblor que recorre todos los filamentos de la condición humana.

En estos días –que ya son demasiados años y escombros– leer poesía no es solo rito y rezo. Es también un acto de resistencia. Un ejercicio cívico de libertad. Una experiencia espiritual en mitad de la sordidez. Y quien la escribe, quien la procura en el silencio de un lápiz o teclado, sabe el riesgo que corre: va a asomarse al abismo sin correaje, sin red de protección. Es abrir los ojos como platos. Es el fogonazo de luz que hay en el hallazgo. Es quedarte desnudo en mitad de las palabras.

A esa experiencia nos invita el poeta Alexis Romero desde la primera página de La inclinación. A atravesar la comarca de las pérdidas, a recorrer la devastación. «Por ello la destrucción empezará conmigo», nos dice.

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