Prodavinci | Naturaleza en llamas


Por Helena Carpio

Una nube marrón y densa se estacionó sobre Caracas en marzo de 2020. Pasaron semanas y no se movía. Las laderas del Ávila sólo eran visibles de noche, cuando pequeños incendios, como finas corrientes de lava, revelaban la silueta de la cordillera. Pero estos fuegos no explicaban el humo. Lejos, algo grande ardía.

Costaba respirar, el pecho dolía. Por Twitter cientos de personas se quejaban, pero no había información sobre el origen del humo. Me asomé por el balcón tratando de detectar algún incendio o de entender la dirección del viento, pero el ardor me obligó a cerrar los ojos. Bajo la ventana de mi sala, montículos de cenizas se acumulaban en las esquinas. Mientras más caliente era el fuego, más liviano era su carbón. Suspendido en el viento, esos esqueletos de árboles podían haber viajado cientos de kilómetros, pero ¿desde dónde? ¿Cuántos incendios había en Venezuela en ese instante? ¿Qué los prendió y por qué?

Entré en el mapa Global Forest Watch, una plataforma web que publica alertas de incendios casi en tiempo real con datos de satélites de la NASA. Había puntos rojos, focos de calor, en todos los parques nacionales que rodean Caracas. En el extremo este de la cordillera de la Costa, Chuspa y Chirimena eran una sola mancha roja, aunque los separan 15 kilómetros de distancia. Busqué al sur y encontré lo mismo. Del Caribe hasta Amazonas, las Áreas Protegidas, delimitadas por los gobiernos como espacios estrictos para la conservación de su biodiversidad y paisajes, ardían.

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