Prodavinci | Es una revista, no una relojería

Por Johanna Pérez Daza en Prodavinci

A: José Ignacio Rey, Marcelino Bisbal y Jesús María Aguirre

“Lo que realmente me asombra no es que todo se esté derrumbando, sino la gran cantidad de cosas que siguen en pie”

Paul Auster

En la presentación del 25° aniversario de la agrupación musical Serenata Guayanesa, Pedro León Zapata comentó la anécdota de un amigo que llevó a arreglar un reloj en una relojería en París. Al indicarle que debía pasar a retirarlo la próxima semana, preguntó si le darían un recibo o algún soporte impreso (un papelito, pues). “¿Monsieur, cómo va a dudar usted de nosotros?”. La tienda tenía más de 300 años ubicada en el mismo lugar y, obviamente, no se irían a ningún lado, con ningún encargo. El problema, afirmaba Zapata, es que “uno es venezolano y uno va de Caracas. No es que uno dude de los relojeros caraqueños. Uno lo que duda es de que si uno manda a componer el reloj aquí, la semana que viene cuando vaya le digan ¿cuál reloj, si esto es una tintorería?” Remataba afirmando que en el país nada dura, todo cambia, incluso hay cosas (como El Helicoide y el Hotel Humboldt) que no sólo acaban rápidamente, sino que no han empezado nunca. Por eso es un acontecimiento, una verdadera proeza celebrar aniversarios que señalan la existencia y continuidad de proyectos que han alcanzado maduración y solidez.

Zapata recurrió a la historia de su amigo y yo acudo a la de él para reconocer el valor de aquello que resiste el paso del tiempo y sus frecuentes inclemencias, logrando mantenerse a pesar de las adversidades y la devastación. Nada más acertado en el relato que la escogencia de una relojería para significar esta idea de permanencia que, a su vez, nos lleva a pensar en el tiempo que, según José Antonio Ramos Sucre, no es más que una invención de los relojeros. Esas invenciones que nos sostienen y nos muestran travesías andadas y rutas por explorar. Es el caso de la revista Comunicación que sigue en pie, combinando servicio, tradición y trayectoria.

Es una revista, no una relojería, susurro para mí. Sin embargo, el tiempo es un concepto ineludible y transversal en estas líneas. No se trata de componer aparatos, afinar mecanismos o engranajes, mucho menos de estar físicamente en el mismo lugar, sino de perdurar y reinventarse en la compleja tarea de escribir y publicar, de registrar y reflexionar, de ordenar y compartir ideas que no es otra cosa que un tenaz intento de los seres humanos por comprender nuestras circunstancias, exponer preocupaciones comunes, dialogar con otros y constatar que no estamos solos.

45 años. 192 números. Un Compromiso y numerosos textos publicados, antes en formato impreso, ahora en digital. Su primer número cristalizó en 1975, al amparo del Centro Pellín, y constaba de 28 páginas que se valían de la tecnología del momento —máquina de escribir, mimeógrafo y esténcil— con el objetivo de ser “una comunicación sobre comunicación, de comunicadores y para comunicadores”. Cacofónico y enfático el lema no dejaba dudas sobre el alcance y contenido de la publicación trimestral que reunió a un grupo de jesuitas, comunicadores, profesores y estudiantes de la Universidad Católica Andrés Bello, especialmente de la Escuela de Comunicación Social. Su Consejo Fundacional lo integraron: José Ignacio Rey, José Martínez de Toda, Francisco Tremonti, Jesús María Aguirre, César Miguel Rondón, Marcelino Bisbal, Ignacio Ibáñez y Epifanio Labrador.

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