Opinión | Los ñaca ñaca, por Alberto Barrera Tyszka

Diosdado Cabello, diputado de la nueva Asamblea Nacional de Venezuela, en una manifestación a favor del gobierno en noviembre de 2019
Diosdado Cabello, diputado de la nueva Asamblea Nacional de Venezuela, en una manifestación a favor del gobierno en noviembre de 2019Credit…María Gabriela Angarita/EPA vía Shutterstock

Por Alberto Barrera Tyszka, colaborador regular de The New York Times.

La expresión tiene, popularmente, significados distintos en diferentes países. Me apresuro a aclarar que me refiero a una modalidad que tiene que ver más con el oficio que con la geografía. En el mundo de la escritura para televisión en el cual me muevo, muchos guionistas usamos estos dos sonidos para designar a un tipo de vileza caricaturesca. Nos referimos a un “villano ñaca ñaca” para hablar de un personaje típico de la telenovela más clásica: el malo malísimo, el perverso a dedicación exclusiva; el villano que despierta todas las mañanas soñando y planeando qué crueldad puede hacerle a los demás. Para eso vive.

Los líderes de la autoproclamada Revolución bolivariana a veces se empeñan demasiado en parecer unos villanos de ese estilo. Se muestran presumidos y altaneros. Les gusta exhibirse, les parece magnífico aparecer en público irrespetando las formas y demostrando su poder. Todos los miércoles en la noche, Diosdado Cabello, figura capital de la cúpula chavista, tiene un programa en la televisión del Estado. Su símbolo es un mazo cavernícola. Su espectáculo, en general, consiste en burlarse, acusar e intimidar a cualquiera que el propio Cabello señale como enemigo de la patria. Es un esquema simple pero eficaz: un animador cínico y burlón, un público diseñado para aplaudir cuando tiene que aplaudir, un mensaje permanente, dicho siempre con una sonrisita de medio lado: cuidado conmigo, tenga miedo, yo soy un malo ñaca ñaca.

Todo esto no pasaría de ser un performance peculiar si no tuviera consecuencias. La violencia que, desde el Estado, ejerce el chavismo sobre la ciudadanía no solo es impune sino descarada, grosera. Por eso cada vez contrasta más con la lentitud, la prudencia y a veces hasta el silencio de algunos organismos multilaterales. ¿Acaso no es necesario tratar de reaccionar de otras maneras ante un poder que —tras perseguir a la oposición política, a los medios de comunicación y a la sociedad civil— ahora acosa a las organizaciones humanitarias?

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