Prodavinci | Armando Manzanero: la ilusión de una virilidad latinoamericana amorosa y protectora, por Elisa Lerner

Yo cambio la gloria
por la dicha enorme de estar en tu historia.

A. M., de «Cuando estoy contigo»

Armando Manzanero es un cantor retroactivo. Típica, muy argumental retroactividad del artificio de los años 40. Una larga coherencia –cortés, locuaz, suavemente amorosa– une las canciones de susurrante disciplina de Armando Manzanero, al musitado sistema que han sido las canciones de Agustín Lara o de María Grever, entonadas por Pedro Vargas.

En continente de asperezas –donde la selva no solo está en la última e inhóspita tierra, sino en la conducta, pública y privada, de los varones–, Pedro Vargas, a través de un tenaz oficio de cantante, le dio prestigio al amor y nos trajo una versión más benévola del hombre latinoamericano. En estos vastos lugares, el macho era muy lacónico con las mujeres. Solo le daba –¿más bien, le ordenaba?– el sexo. Pedro Vargas con canciones como «Una cita de amor», acaso colaboró –grandemente– para hacer más grato, más armónico el entendimiento entre nuestros hombres y nuestras mujeres.

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