Zenda | Mauricio Wiesenthal, un ilustrado a bordo del Orient-Express

Mauricio Wiesenthal, un ilustrado a bordo del Orient-Express

 

Por Susana Rizo en Zenda

Mauricio Wiesenthal (Barcelona, 1943), hijo de la Ilustración y enemigo de las supercherías, ha seguido una senda pura, desde que en su juventud se uniera a una troupe circense por el Danubio, y siempre buscando el eco de mejores tiempos, llegó a recorrer mundo. Atribulado de una cultura poco común, habla como piensa y siente. Mantener una conversación con este sabio, que no cayó en ninguna clase de vanidad, es un puro deleite, pues posee la virtud de musicalizar las palabras. Un renacentista que conserva su propio tiempo, y que, ante las pobres alternativas del presente, sigue viajando en esos trenes clásicos de los que se enamoró siendo un niño, esos que mientras te llevan a tu destino, te transforman por dentro.

Me encanta cruzar las fronteras porque, a los dos minutos, me siento feliz —no hay felicidad sin añoranza— en minoría y como extranjero.

En su más reciente obra, Orient-Express: El tren de Europa (Acantilado, 2020), nos lleva de viaje al legendario expreso que unió París y Londres con Estambul desde 1872. Wiesenthal nos cuenta, entremezclando sus propios recuerdos, la memoria de ese mítico ferrocarril, que representa como pocos símbolos a la misma Europa, la de las intrigas, el glamour, el exotismo, el misterio, la joie de vivre, y asimismo simboliza las sombras de la Europa del miedo, de las persecuciones y exilios, su perversión durante las guerras… hasta su último viaje en 1977. El Orient-Express es una metáfora del viejo continente que una vez unió Occidente y Oriente y ahora se desmorona lenta y pavorosamente, como se deshacen los frisos de un templo griego por el desgaste del tiempo, hasta que sólo seamos otro eco más.

Ser europeo es sentirse rico con unas estanterías cargadas de libros, dos cajones rebosantes de cartas y fotos, una chimenea encendida y el alma repleta de pequeños recuerdos. Para nosotros, los europeos, la inmortalidad comenzaba en el misterioso compartimiento de un tren.

La literatura del tren tiene que ser, por fuerza, impresionista y confusa. Se funden los recuerdos en nuestra vida igual que se suceden las estaciones, más allá de cualquier argumento.

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