Opinión | Pandemials, por Lydia Cacho

Nuestros países ya hablan de “ansiedad nacional”, mientras las cifras aumentan y cada uno vive su curva depresiva. Alguna farmacéutica encontrará productos para una generación a la que le venderán felicidad artificial, mascarillas sofisticadas, más miedo a la muerte, miedo a la otredad y ansiedad social ante el contacto humano. La pandemia de la depresión.

 

Camino por una callejuela cerca de mi nuevo hogar, el tapabocas ha logrado que mi andar cambiase por completo; no solo ha debilitado mis pasos y el goce de caminar durante horas para ir al mercado, a la librería, a entrevistar a alguien, a cenar algo con mis amistades en una terraza. Voy pensando en ello, en el proceso emocional de aceptar el exilio, o el desplazamiento forzado como le llama mi abogada. Hace años que me resisto a no vivir en mi hogar; sin embargo, cuando la muerte toca demasiadas veces a tu puerta, aprendes a saber cuando ha llegado el momento de poner mar de por medio para seguir siendo periodista; mexicana sí, pero por el momento sin poder vivir en México. Decía que caminaba por la calle subsumida en esa reflexión, cuando una madre y su niña de catorce años se detuvieron abruptamente. La chica se estaba desmayando, la gente le miraba sin ayudar, me acerqué casi corriendo, levanté su espalda antes de que cayese al piso llevando a su madre con ella en esa transitada calle de piedra sucia. Entre las dos la sentamos en la silla que nos ofreció amablemente un camarero de un restaurante con terraza. La chica se arrancó el tapabocas y comenzó a sollozar con la angustia del fin del mundo, apenas podía respirar.

La madre, una mujer no mayor de cuarenta años, la miraba con la ternura inmensa de quien comanda un buque que sabe que se hundirá pronto. Ambas llevaban un tapabocas de tela colorida con lo que tanta gente está haciendo su agosto de la pandemia. Por un instante todo parecía paralizarse, le pedí al camarero que nos trajese una botella de agua fría. Cuando volví la mirada, la madre ya estaba hincada a los pies de su hija, consolándola y, en una especie de acto de rebeldía se bajó la mascarilla para poder hablarle a la niña que ya bebía agua mientras enjuagaba sus lágrimas. “Está sana”, me dijo la madre como si yo estuviese preocupada.

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