Prodavinci | En Maracaibo cuesta respirar

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Por Ricardo Barbar


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Ala mañana siguiente, cuando despertó, Joselin escuchó los mismos ruidos de la noche: el sonido metálico de las bombonas de oxígeno, el jadeo de quienes no podían respirar, la tos con vómito de quienes se ahogaban.

Estaba confinada en un consultorio de la Unidad de Dermatología, Reumatología e Inmunología (UDRI), en el Hospital Universitario de Maracaibo, donde alguna vez ofrecieron consultas. Ahora había sido dispuesta para pacientes y sospechosos de covid-19. Joselin vio en una misma sala a niños y adultos. En camas o en sillas. Había pacientes asintomáticos que dieron positivo con pruebas rápidas, pacientes que tenían síntomas leves, pacientes que necesitaban ventilación mecánica. Otros esperaban la orden de irse a casa.

Esa mañana Joselin no desayunó ni almorzó el arroz con granos que le ofrecieron en el hospital. Le repugnaba. Unos amigos le llevaron comida. Cuando parecía que el día iba a ser igual que el anterior, escuchó una voz a través de la puerta:

—Vengo por los médicos que me voy a llevar al hotel.

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