Opinión | Las brujas malas aman a las dictaduras, por Elizabeth Fuentes

09-07-2020-BRUJAS

La imagen de Tibisay Lucena sonriente, saludando a nadie cuando finalmente abandonaba la sede del Consejo Nacional Electoral no debe haber sido casual. Era un gesto final de su habitual sarcasmo, la señora que se despedía contenta de cumplir con la oscura misión ordenada desde Miraflores mientras un humilde joven la seguía -como en la época de la esclavitud-, cargando la réplica de la espada de Bolívar que le regaló Nicolás Maduro por los servicios recibidos.

“Ahí les dejo eso”, parecía decir Lucena, dejando bien amarrada y en manos amigas su temible experiencia al maquillar cifras, quitar y poner Presidentes -¿Maduro en lugar de Capriles?-, ignorar auditorias, retener los resultados cuando ya estaban contabilizados y no cerrar los centros electorales cuando lo exigía la Ley. Algo que hizo muy a gusto en esa magnífica chamba que le regaló el destino, el futuro inimaginable para quien fuera una mediocre estudiante de Sociología, como me reveló su profesor Tomás Páez, “de las que sacaba trece”; una joven tímida e insignificante que, como muchas, se transformó dócilmente en lo que quisieron sus manipuladores, moldeando su ego de plastilina al gusto de su empleador.

Junto a todas las otras altas funcionarias chavistaseficientes al momento de ponerse ‘rodilla en tierra’ frente al poder masculino, el papel de Tibisay y todas ellas debería ser objeto de una investigación en estos días de renacimiento del feminismo. Porque si bien ha resultado fácil estudiar lo que ha sido el éxito frente al coronavirus de las mujeres que gobiernan NoruegaAlemaniaNueva ZelandaFinlandiaDinamarcaIslandia y Taiwán, ¿no sería también necesario explicar en términos sociológicos o psiquiátricos qué ocurre en el comportamiento de aquellas mujeres que se dedican a hacer el mal?, ¿esas mujeres, como Tibisay, abundan en los gobiernos autoritarios? Chicas incondicionales que parecieran puestas en determinados cargos con el propósito específico de hacer daño sin mayor disimulo, suerte de brujas de cuentos infantiles a quienes tanto temíamos porque hacían el mal sin despeinarsesin culpa ni conmiseración ninguna, algo difícil de integrar en el estereotipo femenino.

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