Prodavinci | Contar a Mariahé, por José Luis Ávila

Mariahé-y-el-Gabo-cortesía

Por José Luis Ávila en Prodavinci

Llegaste a Caracas una tarde de septiembre de 1958, con 28 años, una hermosa niña de dos meses y un corazón roto. Huías de problemas que no tenían solución, de una Colombia conservadora y violenta en la que no encontraste tu futuro. Una vez me contaste que habiendo iniciado la violencia en tu país, a principios de los años treinta, una banda de conservadores armados entró a tu pueblo, Málaga, mientras estabas en el mercado. La gente comenzó a correr y tú con ellos, pero tropezaste con un puesto de fresas, y quedaste marcada por un vivo néctar rosado. Al llegar a casa, tu abuela quedó pasmada al pensar que te habían atacado. Aquella imagen que nunca se borró de tu memoria sería la primera señal de que algún día tendrías que partir.

Tu llegada a Venezuela supuso el reencuentro con tu madre, con quien prácticamente no habías convivido. Te hospedaste en su casa y trataste de forjar un vínculo, pero “las cosas no funcionaron”. Para ti siempre estuvieron tu padre y tu amada abuela Amalia, la mujer que te enseñó a través de versos infantiles que “la palabra amor no se escribe con h”.

Como periodista fuiste la mejor, pero poca gente sabe que de niña querías ser trapecista, amabas los circos, y te hubieras escapado con alguno a recorrer el mundo, pero te mandaron a un internado de monjas en Pamplona (Colombia), donde te enamoraste de las letras. Contar lo que le pasaba a otros se convirtió en tu vocación.

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