The New York Times | La lección que estamos aprendiendo de Zoom


Desde que muchos de nosotros comenzamos a trabajar desde casa por la pandemia del coronavirus, me han invitado a un sinfín de reuniones que se realizan en Zoom, la aplicación de videoconferencias. Se organizan horas felices virtuales, reuniones de trabajo, cenas, etcétera.

Yo no he asistido, y no es solo porque mi cabello ha crecido vergonzosamente. Es porque tengo un problema fundamental con Zoom.

Primero permítanme decir que entiendo por qué Zoom ha sido tan popular durante la pandemia. La compañía diseñó su aplicación para que fuera gratuita y muy fácil de usar; en la jerga tecnológica, decimos que es una aplicación “sin fricción”. Incluso nuestros amigos y familiares que no saben nada de tecnología pueden unirse a una reunión de Zoom tan solo dando clic en un enlace. Después, listo, ves una pantalla con rostros conocidos y puedes comenzar a charlar.

Al menos 200 millones de nosotros, desesperados por ver a personas fuera de nuestras casas, ahora usamos Zoom, en comparación con los diez millones de usuarios de hace algunos meses. Muchos la usamos gratuitamente, aunque Zoom también tiene un producto de pago. Para muchos es una solución que nos permite ver y conversar con amigos y familiares.

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