El Estímulo | Guillermo Tell Aveledo: democracia y liberalismo son conceptos en tensión

La democracia liberal pareciera hacer aguas en todo el mundo. Desde los últimos 30 años, la armonía entre democracia y liberalismo empezó a tensarse, tal vez por su origen contrario, antagónico: mientras que una idea apela al pueblo, la otra se refiere al individuo. Su vínculo procede del siglo XIX, como resultado de las grandes revoluciones políticas de occidente ocurridas durante las centurias XVII y XVIII. En la actualidad, el politólogo Guillermo Tell Aveledo hace sus diferencias entre ambos conceptos.

Nuestra aspiración democrática, que es progresiva, no se detiene. La tenacidad de la población de querer vivir con sus derechos, de vivir con mejoras, es una oportunidad

Pero dentro de la democracia liberal se encuentra la semilla de su propia destrucción, que la somete a una crisis perenne, porque al estar sujeta a la coexistencia de opiniones contrarias, al disenso, requiere de instituciones sólidas, de pesos y contrapesos para mantenerse: “Si entre nosotros hubiese quienes desean disolver esta Unión, o cambiar su forma republicana dejémosles tranquilos, como monumentos a la confianza con que puede tolerarse un error de opinión cuando la razón se halla en la disposición de combatirlo”, escribió Thomas Jefferson al empezar el siglo XIX. Ideas opuestas a las de Jean Jacques Rousseau, quien, para el historiador israelí Jacob Talmon, sentó las bases de la “democracia totalitaria”, o el gran consenso en el que no existen contradicciones.

Guillermo Tell Aveledo define a la democracia liberal como un sistema en el que la soberanía recae entre los habitantes de un territorio y sus gobernantes tienen limitantes, es decir, una serie de instituciones legitimadas desde la soberanía popular, regular y razonable (el dêmos) “(…) para la selección de los miembros del poder público mediante elecciones regulares, plurales y competitivas”. Un régimen en el que si bien la mayoría decide, la minoría no pierde sus derechos, tal como lo refirió Jefferson, uno de sus protagonistas estelares, en su primer discurso de toma de posesión: “(…) todos considerarán el sagrado principio de que aun cuando la voluntad de la mayoría es la que prevalece en todos los casos, esa voluntad, para ser justa, debe ser razonable; que la minoría goza de los mismos derechos, los cuales se ven protegidos por las mismas leyes, y que violar esos derechos sería una forma de opresión”.

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