Opinión | Querida Tábita, por Salvador Sostres

cabeceraPor Salvador Sostres

Tábita Forja Miranda entró en mi vida el 3 de febrero , cuando por primera vez cruzó la puerta de la redacción de ABC en Barcelona. Era la nueva becaria. San Antonio de los Altos, Venezuela, 26 años. Nos contó su historia porque inmediatamente se la preguntamos. Quizá demasiado inmediatamente, pensamos luego, y quizá también lo pensó ella, pero ya estaba hecho. Cuatro años antes, Tábita, estudiante de Periodismo en Caracas, había llegado a la conclusión que cualquier día la mataban: no tanto por su discrepancia ideológica con la tiranía que asola a su país como por la muerte aleatoria que siniestramente ronda la Venezuela de Maduro. Morir por aquello en lo que crees es triste pero puede resultar heroico, Pero es terrible -y sólo terrible- pensar que en tu país te pueden matar por cualquier cosa. Abrumada por esta idea, decidió con su entonces novio venirse a vivir a Barcelona. El chico era chef y tenía una media oferta de trabajo. Ahorraron durante meses para poderse comprar los pasajes, contra la expresa voluntad de sus padres, los de Tábita, que querían que su hija terminara la carrera y temían que en España, ocupada en mantenerse, iba a desatenderla. Llegó el día, o más bien la noche, en que la niña dejó en la mesa de la cena la tarjeta de embarque impresa y a papá le dolió, y sufrió, pero no pudo oponer más resistencia.

Ya en Barcelona, la pareja riñó y Tábita se quedó sola. Enseguida se puso a trabajar de camarera, y con el primer dinero se matriculó en la Universidad Autónoma para terminar la carrera de este santo oficio. Tardó un año en poder retomar sus estudios, por la desidia de su facultad venezolana, que interpuso excusas como que se habían quedado sin papel. No si es más dramático que fuera una artimaña para perjudicar a la que se marchó o que fuera literalmente cierto. En cualquier caso Tábita pasó a estudiar Periodismo por las mañanas, de 9 a 2, y a trabajar en el pub de 6 de la tarde hasta las 2 de la madrugada, saliendo casi a las 3 los días que juega el Barça, porque la gente se va a última hora y queda mucho más por limpiar. Yo adivino cuando llega por las mañanas a la redacción cuántas horas ha dormido, por lo enrojecidos que tiene los ojos. El dinero que gana lo usa para pagar la carrera, el alquiler de una habitación en un piso de estudiantes, los aspectos más elementales de su vida diaria, y lo que puede lo ahorra para mandarles comida y medicamentos a sus padres. Para que el envío le salga a cuenta tiene que mandar un mínimo de 25 kilos, a tres euros el kilo, a lo que hay que sumar lo que cuesta el kilo de alimentos o fármacos. No les puede mandar dinero porque los «bolívares» no valen nada y es demasiado arriesgado acudir al mercado negro para comprar dólares, Esta es Tábita, nuestra becaria, 26 años.

De todas las becarias que yo he conocido es la más seria, la que más y mejor trabaja, la que nunca ha llegado tarde, la que nunca se ha marchado antes, la que más interés pone en todo lo que hace y más apura cada oportunidad. En la redacción estamos todos muy orgullosos de ella y admiramos su generosidad y su valentía: por lo que es, sin duda, pero también porque intentamos pensar en cómo éramos nosotros a los 26 años. A mí no me cuesta demasiado recordarlo, ni explicarlo: era el rey de los gilipollas, por citar a mi querida Núria Mundó, que pensaba lo mismo de su hijo. Si entonces hubiera creído que podían matarme, me habría escondido debajo del piano y no habría salido nunca más. Jamás me habría alejado de mis padres, ni de mi abuela, y no porque les quisiera mucho, que por supuesto les quería mucho, sino por inseguridad, por precariedad y por miedo. Yo he trabajado desde los 18 años y desde los 9 nunca me he acostado sin haber escrito por lo menos una página. Pero sin el dinero de mi abuela no habría podido ni saber lo que sé ni escribir con la tranquilidad con la que escribo, y cuando algunos me dicen que soy un valiente yo siempre les recuerdo que no pago hipoteca. Recuerdo a mi yo de los 26 y cuando veo a Tábita, con su valentía -esa valentía sí que es real- sacando adelante su vida y la de sus padres, con talento, gratitud y sacrificio, me pregunto si realmente usé bien todo lo que tuve y si lo que he dado a cambio de mis inmensos privilegios ha merecido en alguna medida la pena.

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