Opinión | 2030: La década soñada

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Por Martín Caparrós en The New York Times

Este ejercicio de futurología es una crítica de la actualidad, pero también un mapa posible de lo que como sociedad deberíamos buscar desde hoy: dejar de evitar un futuro temible y empezar a pensar el que deseamos.

Es obvio que el gran punto de quiebre de la década que se termina fueron esas horas en que todo estuvo a punto de saltar por los aires. Nadie lo ha olvidado: apenas pasaron dos años desde el 17 de octubre de 2027, cuando el mundo contuvo el aliento ante la inminencia de la conflagración final. Pero es cierto que, tras esos momentos de terror, el balance chino-americano se restableció mejor que lo esperado: quizá, gracias a aquel pavor, la carrera final por la Supremacía podrá definirse sin llegar al Desastre. Por supuesto, siempre queda la posibilidad de que no: la vuelta a ese mundo bipolar que caracterizó a la segunda mitad del siglo XX —y que ya parecía superado— abre la puerta a lo inimaginable. O tan imaginado. Llegan años para vivir con los dedos cruzados.

Todo depende, también, de cómo evolucionen las demás regiones y sus alianzas y fidelidades. Que Europa, ya perdida en esta década pasada cualquier ilusión de desarrollo autónomo, no se entregue al probable vencedor chino antes de tiempo. Que África, siempre tan postergada, no encuentre por ejemplo una nueva materia prima que la vuelva decisiva. Que Rusia siga intentando ese juego pendular que la mantiene en zozobra y amenaza permanentes. Que América Latina avance o no en sus propósitos de integración económica y que, si termina por conseguirlo, se decante por su socio más cercano o por el supuesto ganador.

Todavía nos dura la alegría: fue extraordinaria la forma en que se disolvieron uno tras otro los gobiernos risibles —tipo BolsonaroJohnson, Trump— que parecían hegemonizar el mundo en los primeros años veinte. Aquel cambio de denominación obró el milagro: cuando el niñe Wyneth Adid —sus burlas, sus estolas, sus mohínes— hizo olvidar el nombre de populistas con su nueva denominación de payasistas, algo se quebró. La velocidad con la que se desmoronaron estos movimientos cuando millones entendieron que sus reyes estaban desnudos fue una lección inolvidable. Que, por supuesto, no debe ocultar que no todo fue cuestión de nombres: era obvia, al mismo tiempo, su impotencia para solucionar los problemas sobre los que vociferaban. Y, sobre todo, cuando Estados Unidos intentó recuperar una vieja costumbre del siglo XX y presentar su guerra contra China como la lucha de las libertades públicas —el Mundo Libre— contra el control social —la Gran Dictadura—, los populismos autoritarios dejaron de servirle: hacían que su defensa de la tolerancia pareciera un chiste malo.

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