Opinión | Adiós a la apatía, un recuento de la década

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Siempre he pensado que hacer recuentos de fin de año constituye una práctica sana e interesante. Lo único que hace falta es un lápiz, una libreta, media hora de reflexión y la honestidad necesaria para emprender el ejercicio. Y siempre existe la opción de prenderle fuego si nos asusta que alguien más nos lea.

Este año, el recuento anual viene acompañado de otra actividad tentadora, la evaluación de una década. Sea como sea, es legítimo preguntarse cuáles cosas han cambiado y cuáles se perfilan en el horizonte.

En lo que a mí respecta, con excepción de la primera, ninguna otra década me había transformado tanto como esta. Mi cuerpo atravesó en dos ocasiones cambios insospechados: aumento en volumen y en peso, mis glóbulos sanguíneos se duplicaron, mi frecuencia cardiaca se aceleró notablemente hasta que terminé por desdoblarme y alumbrar consecutivamente a dos individuos, que durante estos diez años han dependido de mí para sobrevivir y desarrollarse. Dejé de dormir, dejé de ser dueña de mi tiempo. Mis horarios se sometieron a las necesidades de otros, a sus exigencias. Primero la hora del alimento y la limpieza, después la escuela.

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