Prodavinci | Las cuidadoras de Caracas

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Por Milagros Socorro

Cuando un paciente acudía a Hipócrates por primera vez de seguro quedaba impresionado por el método del facultativo. Lo primero es que el sabio de Cos jamás atribuía las dolencias a rabietas de los dioses ni a venganzas de los cielos. Si alguien estaba enfermo es porque algo andaba mal en su organismo, su mente o su dieta y hábitos. Para saberlo, ponía en marcha dos poderosas fuentes de datos: la observación y el diálogo.

Hipócrates sometía al paciente a una exploración tan minuciosa que involucraba la totalidad de sus propios sentidos. Con la vista se percataba de los movimientos del enfermo, del estado de su piel, ojos, lengua, mucosa nasal, recto y vagina. Con el oído reparaba en la voz, la respiración, la tos, la crepitación de los huesos fracturados, si era el caso, el tránsito de gases. «Lo que se oye», anotó, «permite tener noticia de lo que no se ve».  Se valía del tacto para conocer la temperatura, el pulso, la posición de los huesos, así como la consistencia, volumen y dureza de los órganos. En el Corpus Hipocrático se alude a la inspección olfativa que también tenía lugar, puesto que el clínico derivaba valiosa información del olor de la piel, el sudor, la boca, los oídos, las heces, vómitos y orina, e incluso de las heridas y úlceras. Son frecuentes también las menciones a la exploración gustativa del sudor y las lágrimas, entre otras secreciones. Pero al médico hipocrático no le bastaba esta batida, también quería saber qué sentía el paciente, desde cuándo, a qué atribuía sus malestares y cómo llevaba su vida. Con este interrogatorio el médico quedaba al tanto no solo de la edad y circunstancias vitales del paciente sino también de sus pensamientos, su grado de instrucción, su inteligencia y emotividad, sus aspiraciones y despechos.

A partir de estos indicios, Hipócrates y sus seguidores, quienes integraron una nueva doctrina médica, −que podría llamarse científica, apegada a los signos y a los síntomas de los pacientes y no al empirismo o a la magia−, hicieron descripciones de las enfermedades en términos despojados de acento literario o religioso, derivadas de una intensa capacidad de observación, con gran sobriedad y precisión. Ellos fueron los primeros en hacer historias clínicas.  Además, los hipocráticos tenían entre sus reglas terapéuticas la del buen hacer: «Hacer lo debido y hacerlo bellamente». En fin, muchas son las razones para que Hipócrates de Cos (460 a. C-370 a. C.), sea llamado padre de la Medicina occidental.

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