Prodavinci | Rafael Cadenas y la poesía venezolana

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Por Antonio López Ortega en Prodavinci

El pasado 19 de mayo, en la Facultad de Filología Hispánica de la Universidad de Salamanca, se organizaron una jornadas académicas alrededor de la obra de Rafael Cadenas que marcaban el fin del ciclo correspondiente al Premio de Poesía Iberoamericana ‘Reina Sofía’, que el poeta recibió en 2018. Reproducimos aquí el texto de la conferencia inaugural, que fue encargado al escritor Antonio López Ortega

I.

Quisiera evocar una escena que estimo podría ser de 1946. En ella están dos jóvenes: uno se llama Salvador y tiene 18 años; otro se llama Rafael y tiene 16. Ambos suelen reunirse, preferiblemente de tarde, en la plaza Altagracia de la ciudad de Barquisimeto. La escena discurre en formato pedagógico, pues el mayor interroga y el menor responde; también ocurre que Salvador pone a recitar a Rafael, y éste se esmera en hacerlo lo mejor posible, con estilo y buena modulación. Esa hermandad se había iniciado años atrás, quizás en el hogar de una legendaria promotora y mecenas de aquellos tiempos, doña Casta J. Riera, donde toda la intelectualidad de la ciudad coincidía. Nadie se explica por qué Salvador podía tutorear a Rafael, pero ya con mayoría de edad la diferencia se hacía abismal: sencillamente, el adulto ya era un lector voraz mientras el adolescente repasaba las rimas que le enseñaban en bachillerato. Esos juegos de palabras, o de versos, o de lecturas, fijarían el inicio de una amistad permanente, que se prolongó hasta la muerte del primero en 2001. Hablo de dos autores, uno narrador y otro poeta, que en mi lectura particular han sido los dos más grandes escritores venezolanos de la segunda mitad del siglo XX. Me refiero a Salvador Garmendia, nacido en 1928, y a Rafael Cadenas, nacido en 1930.

En esos encuentros vespertinos de la plaza Altagracia, porque a ellos se ha referido Cadenas en diversas entrevistas, surgen los nombres de sus primeras influencias: en esos bancos, y bajo árboles centenarios, recitaba a Juan Ramón Jiménez o a Antonio Machado, pero también citaba de memoria versos del Mio Cid o del Cantar de los Cantares, o murmuraba líneas de Andrés Eloy Blanco, para entonces el poeta venezolano más público, más terrestre, especie de héroe civil. El magisterio de Jiménez o de Machado en la América hispana de principios de siglo no era una extrañeza; sencillamente eran modelos mayúsculos de cómo iniciarse en poesía: uno quizás más cerca de la estética y otro quizás más próximo de la ética. Sobre los textos medievales, alguna huella se encontraba en los manuales de secundaria, gracias a un programa de estudios definido por el muy determinante Instituto Pedagógico. Y sobre Andrés Eloy Blanco habría que recordar que, apenas un año antes, en 1945, la promulgación de una Asamblea Constituyente, en la que el poeta cumanés se había lucido como orador, ha debido enorgullecer a cualquier poeta venezolano emergente. Eran tiempos en los que, después de la larga noche gomecista, Venezuela despertaba muy determinada a trazarse un camino democrático. El trienio que llevaba hasta 1948, lleno de tropiezos y avances, desembocaba en un verdadero milagro político: por voto libre y democrático, aprobado también para las mujeres, la renaciente república elegía como presidente a su mejor escritor: don Rómulo Gallegos. Si esta hazaña pública, para cualquier escribiente de marras, no debía interpretarse como un asalto de la palabra al cielo, ¿entonces qué lo sería? Ese oficio del borrón y la duda, ese balbuceo que se enfrentaba la abismo mallarmeano de la página en blanco, sin duda renacía con voluntad de conquista.

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