El País | José Balza: “Se publica demasiada literatura banal, estúpida, tonta”

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Por JORGE MORLA en El País

La cafetería de la madrileña Residencia de Estudiantes es moderna, subterránea, de madera blanca, con un enorme espejo al fondo que duplica la estancia. “Parece un cuadro de Hopper”, comenta José Balza, venezolano de 80 años y uno de los grandes narradores de su país. Estos días ha pasado por el Festival Hispanoamericano de Escritores, y esta semana depositará su legado en la famosa Caja de las Letras en el Instituto Cervantes. Antes de viajar a Salamanca, charla con EL PAÍS de su vida y la literatura.

El viaje

“Nací en las selvas del Orinoco. La aldea donde crecí ahora es mayor, pero entonces, en los cuarenta, eran cuatro o cinco casas aisladas del mundo por el bosque y el inmenso río. Era una zona completamente encerrada, y yo de pequeño quería ser la profesión con más prestigio en la zona: radiotelegrafista. Luego, un día, un avión se estrelló en la selva, porque se quedó sin combustible. Inmediatamente quise ser piloto. Sin embargo, la realidad era tozuda y se imponía: obviamente lo que yo era un buen nadador, porque si no el río te llevaba.

“A los seis años casi me ahogo, y desde entonces estoy preparado para morir”

Milagrosamente, dos o tres familias de la zona tenían libros. Empecé a leer de pequeñito, y también escribía. Imitaba lo que leía. Ahora creo que escribí para no convertirme en un árbol más. Para poder hablar y decir. ¿Que qué libros leía entonces? Recuerdo la historia de una chica que era la hija de las tormentas, pero no recuerdo el autor. Luego había un libro erótico: El caballero audaz, impreso en España. Luego vino Julio Verne y su De la Tierra a la Luna. Sigo fascinado con el espacio. Y a con 12 o 13 años leí un libro con título engañoso, provocador y desafiante: Una teoría sexual, de Sigmund Freud. Leí, claro, buscando otra cosa. Y no lo entendí ni entonces ni ahora.

A los seis, siete años, casi me ahogo. Me salvaron en el último minuto, de milagro. Fue algo maravilloso y terrible: desde entonces sé que la muerte no importa. Estoy preparado para morir. Todo es luminoso. No conozco eso que llaman infelicidad. Solo el equilibro, la salud.

Nada me deja sin dormir, pero tengo un sueño recurrente: estoy en una ciudad extraña, perdido entre sus calles. Es, sin duda, una reminiscencia de ese laberinto infinito de ríos que es el delta del Orinoco.

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