Gatopardo | Bryce Echenique, sobreviviendo a sí mismo

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Por Sergio Vilela en Gatopardo

Dice que ha puesto su vida en peligro para llegar hasta aquí. Que ha tenido que cruzar media ciudad a toda prisa y salir disparado del almuerzo en el que estaba  y esquivar todos los carros que en el camino le cerraban el paso. Que no ha dudado en pasarse los semáforos en rojo y que no le ha importado violar todas las normas de tránsito, por llegar puntual a esta cita. Ése es Bryce, Alfredo Bryce Echenique, el escritor habituado a convertir un desplazamiento ordinario entre dos puntos en una verdadera épica donde él mismo pone en juego su integridad. Basta un instante con Bryce para que la realidad se empiece a difuminar y él tome el control de la verosimilitud de los hechos. Pero aquello que podría parecer pura exageración o simple alarde narrativo es, en el caso suyo, un relato verídico.

Ahora, el autor peruano de Un mundo para Julius camina, con la tranquilidad de quien se ha salvado de una catástrofe automovilística, hacia el salón principal de su departamento en Lima. Bryce tiene setenta y cuatro años y las dos horas de caminata diaria a las que se tiene acostumbrado por los malecones de San Isidro, bordeando los acantilados que dan al Pacífico, lo mantienen con buen semblante. Nos sentamos en el largo sofá de su sala, vigilados por un retrato suyo que nos mira desde la pared. La luz de la tarde cae en diagonal a través de los ventanales del departamento y desde aquí se ven las cabezas de los árboles asomando desde el parque que parece el enorme jardín trasero del edificio. No pasan ni diez minutos antes de advertir que tiene demasiada sed. Se toca la garganta y dice que debe ser por el almuerzo previo que está así, ensayando una excusa. Ofrece un vodka tonic y de inmediato se pone en la tarea cual barman experimentado. Empuja la puerta batiente de su cocina y desaparece por un minuto. Se le escucha preguntar qué dosis quiero en mi vaso, desde el ambiente contiguo. Desde su tercer divorcio, que ocurrió hace un par de años, vive solo en este departamento alquilado y, tras varias mudanzas en Europa y América a lo largo de su vida, dice que “de aquí me sacan con los pies por delante”. Su ama de llaves no viene hoy pero él lo tiene todo bajo control. Es famoso entre sus amigos por la generosidad con la que abre su bar y porque las tertulias con él pueden durar días enteros sin que las historias se agoten.

En seguida, Alfredo Bryce Echenique asoma en la sala de su casa con dos generosos vasos. La imagen es tan doméstica que, por un momento, no parece ser quien es. Ese hombre que es considerado uno de los escritores latinoamericanos más originales posteriores al boom, quien fundó con la oralidad de sus personajes un registro narrativo único en novelas como Un mundo para Julius y La vida exagerada de Martín Romaña. Aquel escritor que se vio envuelto desde 2006 en un escándalo de presuntos plagios de artículos periodísticos, que aún están en litigio. El mismo autor que, por ese antecedente, recibió un aluvión de críticas que pusieron en duda su reputación, tras ganar el premio de la Feria del Libro de Guadalajara en 2012. La tarde soleada de primavera atraviesa los ventanales del salón, encendiendo el espacio. La biblioteca o lo que queda de ella después de regalar un millar de libros al dejar la casa de su tercera esposa, Anita Chávez, cubre toda la pared del fondo. Bryce se acomoda en el sofá después de dar un trago a su copa y empieza a hablar de sus antepasados, de los años de opulencia de la familia Echenique, de su tatarabuelo ex presidente, de las riquísimas haciendas que tenían y que hoy pasaron a ser distritos enteros de Lima —como La Victoria—, de los días en que soñaba con ser un escritor mientras su padre lo obligaba a terminar la carrera de derecho, y de la tarde en que se subió a un barco de carga con su amigo Françoise Mujica y partió rumbo a Europa, convertido en abogado tras cumplir sus designios familiares.

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