The New York Times | Javier Marías, el escritor que desafía el silencio sobre el pasado franquista de España

El generalísimo Francisco Franco, uno de los pocos dictadores fascistas que murió pacíficamente en su cama, gobernó España durante tanto tiempo que muchos empezaron a temer que era eterno. Pero, a más de cuarenta años de su deceso, aún no se ha ido. Desde el gran funeral del caudillo, sus restos han estado sepultados en el Valle de los Caídos, un mausoleo monumental dedicado a las víctimas de la guerra civil española. Ubicado 48 kilómetros al noroeste de Madrid, el sitio está conformado por una enorme basílica tallada en el costado de la cresta de una montaña de granito, coronada por una cruz de piedra de 152 metros, la más alta del mundo. El régimen afirmaba que el conjunto conmemorativo, que alberga los restos de cerca de 34.000 muertos del conflicto civil, tenía como propósito honrar a todos los que perecieron durante la contienda, pero en realidad se trata de un ejemplo de abuso psicológico a una escala histórica: decenas de miles de prisioneros políticos, muchos de ellos exsoldados republicanos, trabajaron durante más de veinte años, entre 1940 y 1959, para construir lo que se convertiría en la última morada de su verdugo.

En junio, el Partido Socialista Obrero Español, actualmente en el poder, anunció que exhumaría los restos de Franco y los sepultaría en un lugar menos llamativo. Durante la última década, el país ha estado eliminando los símbolos de la dictadura de los espacios públicos, según la Ley de Memoria Histórica de 2007, y muchos consideraron que la decisión del gobierno se había tardado mucho. Sin embargo, no todos estuvieron de acuerdo. En julio de 2018, casi mil simpatizantes de Franco se reunieron en el Valle de los Caídos, donde alzaron los brazos para hacer el saludo fascista y cantaron el himno de la Falange Española, el partido fascista español. En diciembre, el partido ultranacionalista Vox, un baluarte de la nostalgia franquista, logró importantes victorias en las elecciones regionales. Conforme se acercaba el 80 aniversario del final de la Guerra Civil, las divisiones que siguen separando al país se manifestaban de una manera inquietante.

A principios de 2019, le escribí a Javier Marías, el novelista actual más celebrado de España, para preguntarle si estaría dispuesto a asistir a la ceremonia de exhumación conmigo. En España, y en gran parte de Europa occidental, Marías goza de una suerte de autoridad y prestigio culturales que hacen que a su lado incluso los escritores estadounidenses más exitosos luzcan como aficionados desconocidos. Se han vendido más de 8,5 millones de copias de sus libros; todos, desde Roberto Bolaño y John Ashbery hasta los ganadores del Premio Nobel, J. M. Coetzee y Orhan Pamuk, lo han llenado de elogios; durante años, ha estado entre los posibles escritores que podrían llevarse a casa el Premio Nobel de Literatura, y seguramente también será uno de los favoritos este año. No conforme con el considerable territorio ficticio que ha creado, Marías también incursiona con frecuencia en el mundo real mediante una columna semanal muy leída, y a menudo controvertida, que se publica en el diario El País.

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