El País | La música absoluta de Ennio Morricone se despide

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1557294835_631471_1557295144_noticia_normal_recorte1Por FERNANDO NAVARRO en El País

A sus 90 años, Ennio Morricone ya dice adiós a “la música absoluta”. Un término, el de música absoluta, al que se refirió el laureado compositor cuando intentó explicar recientemente su vida dedicada en cuerpo y alma a un arte con el que ya tuvo contacto en el Conservatorio de Santa Cecilia de Roma a la edad de 12 años, donde aprendió todos los secretos de un curso de cuatro de años en poco más de seis meses. Música absoluta por la existencia de un genio, galardonado con todo tipo de premios, entre ellos el Oscar en 2016 por la banda sonora de Los odiosos ocho (más otro honorífico en 2007), y compositor de 500 melodías para el cine, otro buen puñado para series de televisión, además de dar centenares de conciertos por todo el mundo.

Morricone dice adiós con una gira de despedida que anoche recayó en Madrid, donde hoy volverá a tocar. Luego, acabará con una larga serie de conciertos en Italia. Ante esta despedida, nunca el WinZik Center estuvo tan silencioso, sin ningún móvil estropeando el paisaje y sin casi ningún desajustado molestando ante la obra en directo expuesta y compartida de este icono popular, que salió el último de una enorme orquesta y saludó con una reverencia ante el aplauso cerrado del público. Sonó la música que el artista italiano compuso para Los Intocables de Brian de Palma y todo adquirió un aire regio de ceremonia, aunque se oyese un “bravo” arrebatador tras rematar la orquesta el melancólico pasaje de La tienda roja.

El compositor afirmaba en una entrevista en este periódico que lo que le importa es que “la música exista y tenga consistencia incluso sin el filme”. Despojar la música de Morricone de imágenes es tarea harto difícil cuando está íntimamente asociada a un cine tan poderoso, tan lleno de vida, pero, a veces, hay atardeceres que no necesitaron de ninguna estampa para recordarnos que una vez existieron, o existirán. En concierto, la música de Morricone, sin fotografía, sin ningún recreo de secuencias, es la certeza de la existencia del ser, ese bello y contradictorio cúmulo de sensaciones que nunca son capaces de asentarse en ningún lado, a veces ni en nosotros mismos. Pero parecen asentarse con las manos ancianas y decididas del director italiano frente al atril orquestando la ceremonia. Es como una especie de conjuro

 

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