Prodavinci | Diario del apagón en Mérida

Screenshot_1.jpgPor MARIANO NAVAS CONTRERAS en Prodavinci

Jueves 7, 4.30pm.

Que se nos vaya la luz en plena merienda con los vecinos no es algo que ocurra todos los días, no porque no se vaya la luz en Mérida, que ya es parte del paisaje desde hace años, sino por la compañía. De modo que decidimos tomárnoslo con humor, y seguir con la conversación. Ya llegará. Cualquiera se podría preguntar, ¿y qué hacen dos parejas de profesores universitarios visitándose despreocupadamente, cual domingo, un jueves en la tarde? La respuesta está contenida en la misma pregunta: somos profesores universitarios y desde hace meses apenas damos clases. Los alumnos que todavía no se han marchado no pueden asistir a la universidad por la falta de transporte. Tampoco la mayor parte de los profesores. Hemos organizado los cursos por Internet, cuando hay. De investigación, ni hablar. La biblioteca es ya solo un recuerdo, los libros que no se han robado están ya viejos y desactualizados. Los laboratorios, sin reactivos o desvalijados. Ni siquiera se puede hacer trabajo administrativo: no hay papel ni fotocopiadoras. Algunas computadoras sirven, pero las impresoras no tienen tinta. A veces me pregunto cómo es que se siguen acordando de nosotros en algunos índices de excelencia académica en los que milagrosamente aparecemos. De cosas tan alentadoras conversábamos cuando comenzó a hacerse de noche y los vecinos decidieron marcharse.

6:30 pm

Fue cuando comenzamos a enterarnos del tamaño de la situación. En nuestro edificio, las bombas se habían paralizado y no había agua. Gas tampoco, desde hacía una semana. Mi mujer trataba de enterarse por Twitter de los pormenores de la falla. “Tampoco hay luz en el Táchira, Zulia ni en Barinas”, dijo al comienzo. Después tuvo acceso a la lista de los estados afectados. “Casi todo el país”. “¿En Caracas también?, ¿en serio? Carajo. Esto va pa’ largo”. Recordé que hace unos meses nos habían dejado unas diecisiete horas sin electricidad. Ninguno de los dos dijo nada, pero nos miramos y pensamos lo mismo: “¡El bebé!”.

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