Opinión | Con Pablo, sin Pablo, por Pablo

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WhatsApp Image 2019-02-06 at 6.43.01 PM.jpegPor ANTONIO LÓPEZ ORTEGA en Prodavinci

Debería comenzar diciendo que la inteligencia de Pablo Antillano era única. Para mí, verlo razonar, era una lección de vida. Y esto porque era un prodigio, porque su mente funcionaba de manera privilegiada. Oír a Pablo, escuchar a Pablo: todo un deleite. Las palabras que escogía, la longitud de las frases, las síntesis sorpresivas, las maneras de gesticular. Sus manos hablaban, sus ojos se abrían, su frente mostraba surcos cultivados. El idioma, su idioma, que era único: conciso, preciso, funcional. Una lengua de sustantivos (que viene de sustancia), de verbos recortados, y siempre de pocos adjetivos: justo los necesarios. Ni uno más, ni uno menos. Pensemos en el castellano de Pablo: un idioma que evolucionaba.

Si la inteligencia se mide en función de la capacidad para unir objetos o ideas disímiles, entonces la de Pablo era inabarcable. Porque para él un rubí podía ser una montaña, o un lagarto una estela. Se trataba de una inteligencia asociativa, permeada de vasos comunicantes. La vida, pues, era un todo, y como tal nada estaba distante de nada: todo comulgaba de alguna manera, así no lo viéramos. Pero él, curiosa criatura, lo veía todo; no se le escapaba detalle de nada. Cuando te veía, te rastreaba: iba hasta el fondo de esa alma gemela.

Siempre me pareció que su pensamiento iba más rápido que su discurso, es decir, que las palabras se le hacían cortas para expresar la totalidad. Por eso trataba con palabras esenciales (que remitieran a esencia), que aseguraran ideas o contenidos precisos. También esperaba, creo, que los demás le mostraran todo de lo que eran capaces, aunque no pudiesen. Se ha dicho que hay un abismo entre significado y significante. Pues en Pablo estos últimos escaseaban: siempre llegaban tarde a una especie de estado de revelación.

II.

Nos conocimos en París, estimo que hacia 1980, en casa de Julio Pacheco Rivas. Para mí ya era una leyenda del periodismo cultural, pero para él yo sería un escritor imberbe. Estaba relajado, quizás porque se había tomado unos días libres. Bebíamos vino y picábamos quesos franceses. A Julio y a mí, nos ponía al día de la escena caraqueña; a él, le hablábamos de exposiciones que podía ver. Lo recuerdo con mucha barba y con ropa ligera, aunque la primavera seguía fría.

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