COMUNICADO | El Nacional, una historia entre tiranías

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Con la muerte del que muchos pensaron sería el último de nuestros dictadores, salía Venezuela de aquella tan larga como cruel tiranía que detuvo durante tres décadas el ingreso del país al siglo XX.

Por aquellos días, con el oxígeno que procuran los vientos del amanecer, confluyeron la iniciativa empresarial y la inquietud intelectual de varios venezolanos, para dar vida al proyecto editorial que se materializó el 3 de agosto de 1943, con la aparición de la primera edición del diario El Nacional.

Muy pronto cosechó adeptos. Rápidamente se convirtió en referencia para miles de venezolanos, que comenzaron a verse a sí mismos, y a los más relevantes hechos universales, retratados en las páginas de aquel diario, que introdujo en el igualmente rezagado periodismo de entonces las mejores prácticas periodísticas y los avances tecnológicos de la gran prensa internacional. Un ícono de primer mundo, en una geografía arrastrada durante décadas a las oscuras tumbas del atraso y la barbarie.

La historia de El Nacional a lo largo de sus 75 años de vida refleja claramente que ha sido un medio de comunicación movido, en primer lugar, por la pasión por la noticia; pero también abierto a todas las tendencias de opinión; aliado del desarrollo educativo; promotor de las actividades de la ciencia; impulsor como pocas instituciones del país de la actividad cultural, en todas sus expresiones; motor para el crecimiento de nuestro deporte y la más amplia tribuna para el pensamiento.

No fue producto de la casualidad que sus fundadores hayan escogido ese nombre, puesto que El Nacional integró al país entero: fue desde sus inicios el esqueleto de una geografía social, política, económica, cultural que aquella dictadura se esmeró en fracturar: los pueblos de la costa no existían para las gentes de la montaña; Maracaibo era una imagen difusa para los cumaneses; el Amazonas no constaba en las mentes de los habitantes del llano profundo. El Nacional se convirtió en un puente que nos acercó, que nos dio rostro, frente a nosotros mismos, frente a nuestros compatriotas.

A los cinco años de aquel agosto de 1943, la barbarie dio un nuevo zarpazo y derrocó al presidente electo por los venezolanos, en las primeras elecciones libres que conocimos. El país sufrió la segunda dictadura del siglo XX, y El Nacional no escapó a los embates del totalitarismo y de las agresiones a las libertades de pensamiento y de información, pero allí estuvo para registrar cada día, escurrido por el hombrillo de los rigores de la censura, los hechos que afectaban la vida de los ciudadanos de nuestro país.

A la caída de la dictadura, en 1958, los venezolanos volvimos a pensar que aquella sí iba a ser la última de nuestras dictaduras.

Movidos por los mismos aires renovadores de la llegada de la democracia, nos dispusimos a reconstruirla; a fortalecer nuestra vida social; a crecer económicamente; a consolidar nuestra vida política; a abrirnos cada vez más y mejor al resto del mundo; a rescatar los valores que nos caracterizan como nación. Y allí estuvo El Nacional, aliado fundamental de aquellos propósitos, de aquellos sueños, para acompañar al país y para dejar nuevos testimonios del registro de nuestra historia.

El poder, especialmente el que se ejerce desde las cumbres gubernamentales, suele sentir urticaria ante las labores de la prensa independiente. Varios de los gobiernos que tuvo Venezuela a partir de aquel año intentaron acciones de censura contra El Nacional, pero no tuvieron éxito.

Exactamente 40 años después de la caída de la segunda dictadura del Siglo XX -muy paradójicamente con uno de los instrumentos esenciales de la democracia- el país le abrió las puertas a los jinetes de la tiranía con la que se inauguró el tercer milenio venezolano y que ha puesto en práctica los más extremos procedimientos de un rancio totalitarismo, para exterminar la disidencia, para apagar voces distintas.

Para las tiranías lo que importa no es que pasen cosas, su problema es que se conozcan solo aquellas que les conviene, nunca todas las cosas que pasan; el derecho a la información y el ejercicio de la libertad de expresión no es para todos los ciudadanos, es para ellos y para sus obsecuentes servidores.

Un medio como El Nacional, que cobija demasiadas voces, demasiadas ideas, que registra el mundo real, tal y cual es, tenía que desaparecer. Cada vez que cercaban a un medio de cualquier parte del país se aproximaban más a El Nacional, con la seguridad de que llegaría la hora, como en efecto ha llegado este viernes 14 de diciembre de 2018, en que ya no pudiera circular más, en que tuviera que detener sus rotativas. Como a tantos medios impresos en el país, le fueron reduciendo la dosis que necesita para producir los ejemplares impresos que han sido históricamente esperados y muy bien recibidos por millones de lectores venezolanos de prensa diaria durante 75 años.

El Nacional ha sido, por encima de todo, la hechura de sus periodistas, miles en estos 75 años, que han logrado perfilarlo como una referencia institucional que trasciende las fronteras del país en el que nació. Se trata de un organismo social, de un fenómeno cultural con vida propia.

Los periodistas de El Nacional de siempre han compartido una visión del periodismo muy similar a la que tuvieron sus fundadores.

El tránsito de los medios impresos hacia la incorporación de mecanismos digitales ha venido ocurriendo de manera progresiva en prácticamente todos los países. Pero en muy pocos de esos países ese movimiento ha sido consecuencia de estrategias dictatoriales, como es el caso de El Nacional, que ha sabido incrementar su presencia en los nuevos mercados internacionales de medios de comunicación. Desde esta nueva condición, estamos seguros, El Nacional continuará desarrollando el periodismo abierto e independiente que lo ha caracterizado desde aquel agosto de 1943.

Ninguno de los periodistas que formamos parte del Caracas Press Club habría querido nunca escribir la noticia del cierre de las rotativas de El Nacional. De allí que lo hagamos desde el duelo que nos embarga y la irritación que nos produce cada gesto tiránico que pretenda inútilmente detener la indetenible marcha de la democracia, de la libertad de pensamiento, y del ejercicio del derecho a estar debidamente informados sobre lo que pasa en el país y el mundo en que vivimos.

 

Caracas, 14 de diciembre de 2018

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